Terapia Cráneo-Sacral (el ritmo del cerebro)

El sistema nervioso (central periférico) es el sistema más complejo y, si cabe, más necesario para el funcionamiento de cada parte del cuerpo y para su integración global (todos hemos oído su símil con un ordenador).

En el desarrollo embriológico, la naturaleza ha protegido a este sistema mediante una serie de envolturas y corazas. Siguiendo un orden, el primer sistema de protección son unas fundas membranosas llamadas meninges , formadas por tres capas: duramadre, piamadre y aracnoides. En su interior flotan en líquido cefaloraquidio el cerebro, cerebelo, tálamo etc. y toda la médula espinal hasta el sacro. Además, en el interior del cráneo estas membranas se han replegado formando la hoz del cerebro y la tienda del cerebelo. Así, se entiende que son un continuo desde la cabeza hasta el sacro e incluso se prolongan hacia los nervios. El segundo sistema de protección sería la coraza ósea: cráneo y columna vertebral hasta el sacro-coxis.
En la terapia cráneo-sacral (TSC) se trabaja precisamente con estas meninges, en cualquier punto de su extensión y también más allá, con la fascia, con lo cual ya podemos vislumbrar el gran abanico de posibilidad terapéuticas que esta terapia nos aporta. Como hemos dicho, aunque la TCS ponga especial énfasis en el segmento cráneo-sacro (como su propio nombre indica), no se queda ahí, va “más allá de la duramadre”, trabaja también con la fascia de todo el cuerpo, con las vísceras etc.
Toda esta terapia nace con los trabajos que realizó el Dr. Sutherland a principios de siglo sobre los movimientos de los huesos craneales, sus disfunciones y patologías asociadas. Esto le valió el título de “padre de la osteopatía craneal.” el Dr. John Upledger siguió investigando, extendiendo sus conclusiones, al resto del organismo al descubrir el movimiento del tubo dural y el ritmo cfráneo-sacral (RCS). El Dr. Upledger tuvo una experiencia clínica que marco irremediablemente el nacimiento de esta terapia. En su labor médica profesional se vio en la situación, junto con un colega neurocirujano, de tener que operar a un paciente que sufría un extraño cuadro de mareos, dolores, pérdida de memoria y psicomotricidad, etc. mediante resonancia magnética el neurocirujano le detectó una calcificación en el tubo dural a nivel cervical alto. En la intervención quirúrgica el cirujano tenía que raspar la calcificación con mucho cuidado mientras que el Dr. Upledger se encargaba de mantener firme y tenso el segmento duramadre afectado. Pero ante su propia frustración y sorpresa, una labor en apariencia tan sencilla, le resultó imposible, no podía mantener quieta la membrana, ¡se movía! Y con un ritmo fijo y pausado, diferente a cualquier otro ritmo corporal. Fue a partir de ahí que la mente inquieta del Dr. Upledger empezó a investigar sobre el movimiento propio del tubo dural, al que denominaría RCS, por ser fruto del bombeo del líquido cefaloraquídeo en el inteior de un sistema hidráulico semicerrado (el sistema craneo-sacral).

Desde un punto de vista anatomo-fisiológico, ha sido demostrado que el líquido cefaloraquídeo no esta estancado. Como todo fluido corporal, tiene un sistema de producción y reciclaje, es bombeado y absorbido a un ritmo constante ¡, al igual que existe un ritmo cardiaco y respiratorio independientes. El líquido cefaloraquídeo tiene un pulso propio que va de seis a doce veces por minuto en estado normal y con un movimiento de flexión y extensión. Es bombeado desde el cráneo hacia el sacro bañando todo el sistema nervioso. El terapeuta cránero-sacral con el trabajo diario y su especial tacto es capaz de “sintonizar” con la pulsación del líquido cefaloraquídeo, la cual le indicará si existe o no alguna disfunción de un tejido fascial, muscular etc.
Unos de los pilares sobre los que se sustentan la terapia craneo-sacral es el respeto a lo que el cuerpo del paciente nos quiere decir (no diagnosticamos, sino que, escuchamos lo que el cuerpo quiere hacer para restituir la salud y le ayudamos en el proceso). La aproximación al paciente ha de ser de forma no intrusiva mediante un tacto muy sutil, siempre atento pero sin expectativas ni prepotencia curativa, (nosotros no curamos al cuerpo, sino que es su sabiduría interna la que lo va a hacer).
En la terapia cráneo-sacral partimos de la base de que los tejidos del cuerpo humano son sabios y necesitan su tiempo para reestablecer su equilibrio tras un trauma. Pero hay ocasiones en que el umbral del trauma esta por encima de la capacidad de respuesta del tejido en ese momento. Es entonces, cuando está indicada la terapia cráneo-sacral, ayudando en el proceso de autocuración.
El terapeuta, con sus manos, es un mero facilitador, el ayudante paciente y sensible que va allí donde el cuerpo le muestra un bloqueo y le da un pequeño estímulo de inducción para que el organismo recupere su memoria tisular o su estado normal. De esta manera se desbloquea el problema, pero no porque el terapeuta lo mande o aplique una fuerza externa sino porque el cuerpo quiere curarse, y nosotros colaboramos en ese sentido; sería algo similar a lo que ocurre en homeopatía, un pequeño estímulo (apenas una ligera presión o contacto) es más efectivo que aplicar grandes dosis… “menos es más.”

Ser terapeuta cráneo-sacral es estar siempre en un continuo proceso de fascinante aprendizaje, cada paciente (su cuerpo) te enseña algo nuevo que amplia tus conocimientos anteriores, solo hay que esperar y escuchar.
Lejos de lo que pueda parecer en un primer momento, la Terapia-cráneo-sacral no es una terapia caprichosa o aleatoria. Años de investigación y práctica, han dado como resultado un método y unas técnicas de tratamiento muy específicos y organizados, pero sin caer en la sistematización ni la rigidez. Existen unos protocolos de tratamiento en los cuales nunca se deja de lado el principio de la globalidad.

De todo lo anterior se deduce el amplio espectro de síntomas o enfermedades tratables con la Terapia Cráneo-sacral: tanto afecciones neurológicas (parálisis centrales y periféricas, traumatismos craneoencefálicos, trastornos neurovegetativos, vértigos, mareos etc.), problemas músculo-esqueléticos (hernias discales, esguinces, dolores musculares o tendinosos, artritis etc.), alteraciones viscerales (urinarias, genitales, digestivas, etc.) problemas pediátricos (hiperactividad, autismo, trastornos en la alimentación y / o el sueño, niños con problemas por parto en fórceps, epidural, ventosas o cesáreas, etc.), disfunciones sensoriales ( trastornos auditivos, oculares, foniátricos, etc.), así como trastornos psicológicos o del comportamiento mediante Liberación somato-emocional (tratamiento avanzado de la Terapia Cráneo-sacral.)

Por ponerles un ejemplo práctico, imaginemos a una persona que ha sufrido un latigazo cervical, posiblemente tenga mareos, dolor de cuello, pérdida de memoria, falta de concentración, vértigo, miedo. Generalmente, en su radiografía, incluso en su resonancia magnética, no haya signos de patología ósea o discal, y esta persona será tratada con antinflamatorios, analgésicos y a veces también rehabilitación, pero probablemente no terminará de mejorar de sus síntomas ya que su problema se encuentra a un nivel más profundo. Así encontramos una explicación más lógica a este tipo de cuadros, hay que ir más allá de las estructuras músculo-esqueléticas: es la duramadre raquídea y craneal la que en su función de proteger la médula de la dura sacudida del latigazo, se ha visto obligada a contraerse (recordemos que las meninges tienen poca elaticidad) generando un mayor aporte de colágeno y perdiendo así su armonía y elasticidad, rigidificando el sistema membranoso y perturbando a su vez el fluir del líquido cefaloraquídeo, con todo lo que eso conlleva. Es en las membranas meninges donde habrá que trabajar para devolverles su elasticidad y reinstaurar de este modo la buena función del sistema nervioso y la relajación de lso tejidos blandos anexos, lo que conducirá a la resolución definitiva del cuadro sintomático.

Jose L Perez Batlle

Revista masaje / invierno 1999

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